LO DIFÍCIL ES LA DECISIÓN
- 26 oct 2018
- 3 Min. de lectura
Construir una casa requiere de seres humanos fuertes, que trabajen con premura, bajo el sol y la lluvia, y que en los detalles se devele el amor.

En este contexto me encontré con - Javier Rojas-, 39 años, aproximadamente 1.77 de estatura, 3 hijos; está trabajando desde los 16 años, es el tercero de 6 hermanos, lleva brackets que decoran su amplia sonrisa y su tez bronceada, supongo que adquirida tras sus largas jornadas laborales.
Javier me cuenta que su familia es de muy bajos recursos, no pobres, pero sí les costaba mucho vestirse. El papá trabajó en InduMil (Industria Militar) en Tibasosa y se pensionó con el salario mínimo. Javier estudió de noche con los Salesianos y tuvo dos años de servicio militar. Pasó luego tres años haciendo cerrajes para los militares y desde entonces trabaja como “ruso”, obrero. Le gusta y siente que tiene más mérito que cambiar a otro empleo donde sus posibilidades de remuneración se quedan en el mínimo.
La manera natural de socializar durante 12 o 13 años, fue bebiendo cada 8 o 15 días. “En mi roce social, beber aguardiente y cerveza es lo común, igual como sucede con los mecánicos”. Y fue tan común que llegó al punto de perder la conciencia, de olvidar las cosas vividas en la noche de fiesta.
Mientras me cuenta su historia hace importantes acotaciones:
“El alcoholismo es una enfermedad que va subiendo la cantidad y te va atrapando con el paso de los días”.
"Uno empieza a darse cuenta que tiene problemas de alcoholismo cuando hay lagunas mentales, cuando empieza a borrársele el cassette”.
“En mis últimas borracheras me tiré 1 millón de pesos, y póngale un poco más. No me tomé todo eso en trago, la botaba, la perdía también”.
“No acordarse es el límite”.
“Hay que tener buena voluntad para cambiar su vida”.
“La felicidad se puede expresar y vivir de muchas formas”.
“Cuando uno es borracho busca el espacio para beber”.
“Lo difícil es la decisión”.
Y una más: “Nunca es tarde para superarse”. Y esta consigna la ha llevado a la práctica.
Javier decidió cambiar por completo su vida tras reflexionar sobre sus experiencias. La más significativa se dio en una serie de acontecimientos muy dicientes para él:
“En casa de una prima llegó el señor de la tienda a cobrarme la plata de una borrachera, $400.000 y algo más. En ese momento miré a mi hijo mayor, que para entonces tenía 10 años, y lo vi andrajoso, sin ropa, sin zapatos y vuelto nada. Ese día mi Dios me dio una cachetada, y bien dura, y ese día tome conciencia y deje de beber, hasta hoy”. “La clave para dejar los malos hábitos es encontrar ocupación, dedicar su tiempo y energía a algo. En mi caso yo me dedique al deporte, y como me quedaba más tiempo hice una tecnología en Obra Civil en la UPTC. Salí de ahí y me quedo campo, entonces homologué materias y me puse a hacer la ingeniería. Ya terminé materias y ahora estoy esperando para hacer la especialización. Yo lo hice por superación, no para quedarme atrás de un escritorio”.
“Cuando dejé de tomar yo sólo tenía una pieza, ahora tengo mi casa, le hice adecuaciones y ahí mismo mi esposa trabaja cuidando niños, con el ICBF. Yo le agradezco a Dios haber tenido todo ese recorrido, porque uno aprende de los errores”.
Soy de quienes creen que la vida cambia cuando tu mente cambia y Javier sin ataduras y con enorme amplitud comunica sus aprendizajes. Es un hombre joven, cálido, laborioso que valora el tiempo más que el dinero y en una lucha diaria se enfrenta a ser un gran papá acompañando el crecimiento de sus hijos y tomando su vida como referente para sus allegados. Entonces, todo se puede.

































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