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Pensamiento, conciencia y organización: luz de la materia

  • 9 nov 2018
  • 2 Min. de lectura

Estoy en un espacio muy lejano a mi cotidianidad: la lluvia ha hecho de la tierra franjas de lodo, caminar me resulta un acto de suma atención. Plantas de distintos grosores y tonos verdes me rodean. Soy testigo de una disertación entre pájaros, patos, mariposas, peces, árboles,… fauna diversa. Estoy en una teletransportación de ecosistemas y con ello las panorámicas, los sonidos, olores, texturas.

Una brisa me cruza, mientras sigo caminando, cargada de música champeta, transeúntes y vecinos. Me detengo en la línea fronteriza, estoy el borde de los dos espacios que se distancian por una cerca de alambre. Dos mundos en discordia. La amenaza está latente, el arboricidio ya empezó, y los bulldozer están listos para entrar a comerse la “selva”.

Estamos en la Reserva Thomas Van Der Hammen, lo que representa un pulmón para Bogotá, y sin embargo, la poca conciencia al respecto, nos hace ignorar la importancia de la reserva para nuestras vidas. Hago una parada y poco a poco se van uniendo a mi otros caminantes, todos comentamos la experiencia de caminarla:

-- Acá van a encontrar la industria de floricultores, talleres automotrices, universidades, van a encontrar un proceso sistemático por decisión política del hombre y la mujer, de destruir la vida en función de sus intereses y sus negocios.

Hago conciencia de lo que estoy viviendo: la lucha entre el mercado, los dividendos, los cementeros. Está en contienda la vida de todas las especies, la flora, fauna, y los seres humanos, que perdemos paulatinamente nuestro sustento de vida.

Me engancho de nuevo con la conversación de personas próximas:

-- ¿Saben porqué quieren modificarle a la reserva el uso del suelo? Para convertirlo en suelo de expansión humana, un costo aproximado de 10 billones de pesos. Hoy con suelo rural, como está clasificado el suelo de las 1395 hectáreas, el total de las hectáreas valen 286 mil millones de pesos. ¿Cuál fue la respuesta que nos dio Enrique Peñalosa? Nos envío la fuerza disponible. No, señor Peñalosa, esto no es reprimiendo, esto es dialogando para defender la vida de los bogotanos.

Asciendo por una corta y frondosa montaña, rodeada de pedazos de cemento en forma cilíndrica y con punta redondeada, apiñados unos con otros sobre el pastizal. Basta con dar unos pasos más para evidenciar la misma situación en buena parte de este espacio. A este lugar lo designan el cementerio de los bolardos, un monumento al despilfarro, y a la vez, un lugar en el que se está matando el ecosistema para finalmente hacerlo pasar como burdos potreros.

Ahora entiendo las transacciones que están en contienda. El medio ambiente, la sostenibilidad ambiental, la producción hídrica y con ello el bienestar de todas las formas de vida. Una capital en continua expansión y crecimiento. Esa dinámica demanda una mejor planeación, abrir espacios, reorganizar sectores para generar nuevos flujos humanos y tener espacios ambientales que recepcionen y mitiguen los efectos de la industrialización - globalización – mercantilización - destrucción ecológica.

Queremos un mundo que aunque busque el desarrollo, no se olvide de la directa conexión que tenemos con la madre tierra, que provee los alimentos y sustenta a la vida. Un llamado por la defensa de nuestros recursos naturales, por valorar nuestro paso por este planeta y por preservarlo para próximas generaciones.

Yo también prefiero la vida.


 
 
 

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