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pasos, paZados

  • 8 feb 2019
  • 2 Min. de lectura

Veo entre tinieblas el día, mis ojos pesan más que nunca, la bruma me rodea y el desaliento se apodera de mi cuerpo. Sé que estoy caminando porque cruzo baldosas, piedras, arena diminuta mezclada con cal y cemento, rodeo céspedes y zonas donde hay de todo junto que no sé cómo definir.


A mis oídos llegan ondas de sonido. A veces son voces, en otros momentos lo que predomina es la música, y por ahora la más persistente es un hip hop que retumba acompañado por una voz y las palmas, siguiendo la rítmica.


Entre el ruido lo persistente es la diversidad de acentos. Reconozco en los tonos algunas poblaciones de mi país, e incluso puedo hasta definir la procedencia de algunos extranjeros.


Abro los ojos y veo un montón de zapatos que se entrecruzan. Como una autómata doy algunos pasos más, cuidando no tropezar con los andantes.


Subo un escalón y evidencio decenas de tonalidades de zapatos: negro, el predominante, pero también hay, café, blanco sucio, verdes, grises, naranjas…


Estoy imbuida en los tonos y la afluencia de los pasos que al ser tantos tengo la necesidad de huir. Busco espacio, ando un poco más y empiezo a subir un puente. La textura rugosa y metálica me cambia el panorama. Tiempo de tomar un nuevo aire, vuelvo a dar otros pasos. Consolido la cumbre de esta estructura y a tres cortos pasos se cruza por mi vista unos pies chiquitos, algo sucios, que se mueven con agilidad. Los sigo con la vista. Los piecitos avanzan hasta llegar a cuatros pies más, dos de ellos también descalzos.


Un ventarrón frío me sacude. No reconozco si es externo y procede del viento, o si es interno y mi organismo me despierta de este letargo. Son tres mujeres indígenas de distintas edades: la mayor no aparenta pasar de los 25, la otra rosa los 13 y la menor, es muy menudita y pequeña, pero con la libertad con la que camina le calculo tener 4 años.


Estas mujeres se enfrentan a la selva, y son fuertes. Pero en la selva de cemento, la urbe, se ven vulnerables y débiles.


Algo estamos haciendo mal cuando se saca de sus territorios a las comunidades, y ya desde las ciudades son seres invisibilizados. Al final todos aportamos a esta crueldad, ignorando la enorme problemática de trasfondo.


Siento que empiezo el día. Busco en mi morral y encuentro empacadas dos tajadas de piña. Se las ofrezco y con ojos ávidos se aproxima la más chiquita del grupo. La sonrisa es nuestro lenguaje en común.


Miro el cielo y emprendo el camino.


 
 
 

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